22.5.10

BUENOS AIRES
JLB
Música. Pedro Aznar (disco.Caja de Música)


Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis humillaciones y fracasos;
desde esa puerta he visto los ocasos
y ante ese mármol he aguardado en vano.

Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
me han deparado los comunes casos
de toda suerte humana; aquí mis pasos
urden su incalculable laberinto.

Aquí la tarde cenicienta espera
el fruto que le debe la mañana;
aquí mi sombra en la no menos vana

sombra final se perderá, ligera.
No nos une el amor sino el espanto
será por eso que la quiero tanto.



--
entre púrpura y dorado
--

19.4.10

Hudson a caballo
Luis L. Franco

(...)
El hombre es superior e inferior al animal, pues. Si en proporción a la masa, el hombre tuviera la fuerza de la hormiga, podría arrastrar un elefante; si dispusiera de la potencia vocal de la cigarra, derribaría los muros de cualqueier Jericó.
Es en cierto modo, piensa Hudson, el hijo enfermizo, el enclenque de la Naturaleza. En todo caso es el único inapaz de hozar con inocencia y fervor plenos del presente celestial del cielo despejado, de la verde alegría inmortal de la tierra.
No olvidemos que el espíritu existe desde mucho antes de la aparición del hombre, y que las veladas, insondables maravillas de la mente existen desde el hombre hasta los insectos. Y que el glorioso instinto de belleza nos es común hasta con los animales ínfimos.
Al humillar a los animales (castigándolos abrumándolos de trabajo, enseñándoles monerías) el hombre se humilla a sí mismo. No puede con su genio, empeñado en contagiarles su bufonería y su servilismo, enseñándoles a hacer venias, a arrodillarse, a juntar las patas sobre un taburete, a saltar por un aro, desfigurando y ridiculizando la majestad del león o del elefante, a terribilidad del tigre, la comprensión enternecedora del mono, la nobleza prócer del caballo, el misterio de inteligencia y dulzura de la foca o el perro.
No quiere ver que los animales no son muñecos autónomos ni esbozos o caricaturas del hombre. Que son, para sus necesidades y fines, tan dignos y sabios como él. Que sus instintos están saturados de inteligencia, de sustancia pensante, y, lo que es más, que sienten y piensan con todo el cuerpo.
Ellos no fabrican máquinas o instrumentros prodigiosos, bellas obras de arte: son ellos mismos el prodigio y la belleza. No inventan poemas y esculturas para suplantar u olvidar la vida: viven poética y esculturalmente. ¿Qué es la brújula junto a su instinto de orientación, secreto e infalible? ¿Qué nuestras máquinas volantes junto al vuelo vivo y la libertad con alas?
Todo lo que precede está dicho sólo para que se mire con menos asombro la existencia de un hombre a quien la vida de los animales le importa tanto, por lo menos, como la de sus propios semejantes. Digamos ahora -pues se trata de él- si era posible que a un tan porfiado y profundo mirón como Guillermo Hudson no lo cautivara una criatura tan señera personalidad como el zorrino.

(...)

Fragmento del capítulo:
La hermana bestia
del libro Hudson a Caballo
Luis Franco.


9.3.10

só de sacanagem
ana carolina

mi corazón late con fuerza!
¿cuántas veces mi esperanza será puesta a prueba?
¿por cuántas pruebas tendrá que pasar?
todo eso que está en el aire: valijas, ropa interior que van
estúpidas de dinero, de mi dinero, de nuestro dinero
que reservamos para educar a los pequeños
más pobres
que nosotros,
para cuidar gratuitamente de la salud de
ellos y de sus padres.
ese dinero que viaja en la valija de la impunidad y yo ya no puedo más.
¿cuántas veces, mi amigo,
muchacho, mi confianza va a ser puesta a prueba?

¿cuántas veces mi esperanza va a esperar en el muelle?
es cierto que los tiempos difíciles existen para perfeccionar
el aprendizaje, más no es cierto que la mentira
de los malos brasileños vaya a quebrar nuestra nariz.
mi corazón está en la oscuridad.
la luz es simple, regaba al consejo simple de mi padre,
mi madre, mis abuelos y los justos que los precedieran:
" -no robarás!"
" -devuelva el lapiz a su compañerita!"
" - ese señalador no es suyo, mi hijita!"

al revés de eso, tanta cosa asquerosa y torpe he tenido que escuchar.
hasta habeas-corpus preventivo, cosa de la cuál nunca
he visto hablar, y sobre la cual mi pobre lógica todavía insiste:
ese es el tipo de beneficio que sólo al culpable le interesará.

pues bien, me emocionaba, con la vieja y fiel fé de mi pueblo

sufrido, entonces ahora voy a hacer alarde:
más honesta todavía
voy a ser.
sólo de broma!

dirán:
" -deja de ser boba, desde cabral que aqui todo el mundo roba."
y yo voy a decir:
" -no importa!, será éste mi carnaval. voy a confiar más y otra vez.
yo, mi hermano, mi hijo y mis amigos. vamos a pagar la limpieza a quien
debe recibir limpieza de nuestros clientes. con el tiempo la gente
consigue ser libre, ética y escambou"
dirán:
" -es inútil, todo el mundo aquí es corrupto, desde el primer
hombre que vino de portugal".
y yo diré:
" -no permito! mi esperanza es inmortal!"
y yo repito, oyeron?
INMORTAL!!!
se que no dá para cambiar el comienzo, más,
si la gente quisiera, va a dar para cambiar el final.


..
comienzoplanetario
..

9.2.10

EL OLVIDO
RM

Entre papeles y muertas honras
cae el día, el cielo
del verano.

Mi juventud está allí,
en el amarillo sobre portugués,
en unas palabras que la tinta
y el deseo van desvaneciendo.
¡Oh juventud, terreno solitario!,
día antiguo de la tarde;
quizás una golondrina
o las pesadas nubes
encima del mar nos recuerden,
sonrientes.
Tal vez una barca fenicia
esté rompiendo la onda fría,
serpenteante,
dentro y profundo en mis ojos,
honda y oculta, sin esparcimiento.
¡Sí, el aire, el color azul y la ropa dorada!

¡Tiempo!, rama de honor, espacio delicioso,
ve conmigo
estas existencias, estas atadas nieblas,
que aún no han callado.

Y luego, antes, después, aprisa, aún, todavía,
siempre, ¡nunca!, serán del olvido.

Afuera quedará este cielo, tanto viento,
como la arena vacía sobre las banderas.

Poema extraído de:
El cielo de las alondras y las gaviotas
1963 . Ricardo Molinari



---
el espacio
animal
---

31.1.10

EL BARQUITO DENTRO DE LA BOTELLA
RGT

Era fácil cantar la canción junto al río,
pájaros del ocaso
hasta mi amor venían
desde las ramas,
querida.

Los recuerdos bajaban
desde mi alma,
hasta mis manos,
le ahuecaba nidos
como si fueran
pájaros.
Te envío desde lejos
mi amor;
barquito dentro de una botella
anduvo muchos puertos y en ninguno
echó anclas.

Un mascarón sombrío
y una vela
muy blanca,

Blanca como el silencio
que reposa en el río,
Como el agua del trino
y el corazón del viento.

Cuélgalo
en el escaparate de tus ojos,
y si los marineros preguntan quién lo hizo,
señala el horizonte dedos de Cenicienta.

Luego, entorna
los párpados
para que no
lo vean.




--
con mi piloto azul
y tus botas violetas
--

24.1.10

BASTA YA
1971
(Atahualpa Yupanqui - Pablo del Cerro)

¡Ay!, ya viene la madrugada,
los gallos están cantando.
Compadre están anunciando
que ya empieza la jornada... Ay... Ay...

¡Ay!, al vaivén de mi carreta
nació esta lamentación.
Compadre, ponga atención
que ya empieza mi cuarteta.
No tenemos protección... Ay.... Ay...

Trabajo para el inglés,
trabajo de carretero,
sudando por un dinero
que en la mano no se ve... Ay... Ay...

¡Basta ya! ¡Basta ya!
¡Basta ya que el yanqui mande!

El yanqui vive en palacio,
yo vivo en un barracón.
¿Cómo es posible que viva
el yanqui mejor que yo?

¡Basta ya! ¡Basta ya!
¡Basta ya que el yanqui mande!

¿Qué pasa con mis hermanos
de México y Panamá?
Sus padres fueron esclavos,
¡sus hijos no lo serán!

¡Basta ya! ¡Basta ya!
¡Basta ya que el yanqui mande!

Yo de pequeño aprendí
a luchar por esa paz.
De grande lo repetí
y a la cárcel fui a parar.

¡Basta ya! ¡Basta ya!
¡Basta ya que el yanqui mande!
¿Quién ha ganado la guerra
en los montes de Vietnam?
El guerrillero en su tierra,
y el yanqui en el cinemá.

¡Basta ya! ¡Basta ya!
¡Basta ya que el yanqui mande!


6.1.10

c) La necesidad de fantasía y su manejo

Antes de la invención de la fotografía, del cine y de la televisión, la inmensa mayoría de la población mundial, que casi nunca salía de su estrecho ámbito geográfico, sólo podía acceder a la información sobre el resto del mundo en forma oral, escrita o dibujada. Esa información, a menudo de tercera mano, solía insistir en los aspectos más fantasiosos al describir hombres, costumbres y tierras lejanas.

Aunque el acceso a los medios visuales masivos de comunicación permiten conocer ahora en forma más rápida y a veces instantánea lo que acontece en cualquier lugar del mundo, aunque todos saben ahora que los seres humanos de todas partes, aun las más remotas, tienen la misma configuración física, cabe preguntarse si este hecho ha eliminado totalmente la distorsión que imponía el anterior aislamiento.

En un contexto social sumergido por la información cotidiana, que parecería acercar el conocimiento mutuo y un mayor discernimiento en el juicio acerca de los hombres que son nuestros contemporáneos, es fácil comprobar, por el contrario, que la mayoría de la gente tiende a establecer una escala de identidades que no responden a una comprensión ajustada a la realidad.

Las innegables necesidades de fantasía y asombro de otras épocas era servidas por grabados que mostraban horribles monstruos marino capaces de devorar barcos enteros o indígenas americanos con el rostro en el pecho. Hoy han sido suplantadas por naves espaciales capaces de aniquilar ciudades enteras y por seres extraterrestres verdes y con ojos fosforecentes. Pero junto a ese mundo fantástico, junto a las historias que nos cuentan las películas y cuyas anécdotas emocionan o divierten, junto a los héroes y villanos, existe una enorme serie de sub-datos que, junto con los principales -y tal vez más por su carácter no directamente impuestos- ejercen una enorme influencia subconsciente. La actividad ejercida por los protagonistas, su apariencia física, el medio en que se mueven, los objetivos que los guían y hasta la ropa que usan, más el contexto social, el lujo que a menudo rodea sus aventuras cinematográficas, son todos elementos que, justamente por figurar en un segundo plano, dejan una huella mucho más profunda de lo que pueda advertirse a simple vista y de las que el espectador es pocas veces consciente, atento al desarrollo de la anécdota.

La idea que un espectador medio tiene acerca de cómo son y cómo actúan una multitud de tipos humanos, está conformada, no por una experiencia directa o personal, sino, poco a poco, por la imagen que de ellos presenta la pantalla. La mayoría de los espectadores jamás ha frecuentado hombres de ciencia o millonarios, exploradores o actrices, ladrones o agentes secretos, pero la imagen que de ellos recibe va configurando un seudoconocimiento que hace de ellos ejemplos distorsionados de la realidad.

Más aun, el concepto que mucha gente se hace acerca de aspectos elementales de la vida de cada uno, como el amor o la conducta de los enamorados, pued gestarse en la visión -y asimilación- de decenas y decenas de romances prefabricados por guionistas y directores que procuran el mayor entretenimiento posible a sus historias, aunque éstas guarden poca o ninguna relación con la realidad. Estas presentan, además, protagonistas cuyo atractivo físico, desenvoltura, ostentación, y hasta capacidad erótica, establecen modelos difíciles de reconocer en la mujer y el hombre comunes.

Así, las cifras que hablan de millones de espectadores de la más variada composición geográfica y social pasan del concepto abstracto a una verificación concreta: son millones de espectadores cada uno de los cuales tiene una lengua, tradiciones, religión, ideas y conflictos muy determinados y que absorven periódicamente modelos originados en centros de cultura y vida social que, en la mayoría de los casos, difiere radicalmente de la suya propia.

Su experiencia personal sigue generalmente limitada a un contorno reducido, su experiencia cinematográfica le presentará, en cambio un mundo multifacético pero condicionado, cuyas imágenes se consideren las más convenientes por distintas razones: las más atractivas por razones comerciales; las más virtuosas por razones sociales y las más conformistas o virulentas, por razones políticas.


Capítulo extraído de:

El cine: Cara y Ceca

Simón Feldman (1984)

5.12.09

MANIFIESTO
VICTOR JARA

Yo no canto por cantar
ni por tener buena voz,
canto porque la guitarra
tiene sentido y razón.


Tiene corazón de tierra
y alas de palomita,
es como el agua bendita
santigua glorias y penas.

Aquí se encajó mi canto
como dijera Violeta
guitarra trabajadora
con olor a primavera.

Que no es guitarra de ricos

ni cosa que se parezca
mi canto es de los andamios
para alcanzar las estrellas,
que el canto tiene sentido
cuando palpita en las venas
del que morirá cantando
las verdades verdaderas,

no las lisonjas fugaces
ni las famas extranjeras
sino el canto de una lonja
hasta el fondo de la tierra.

Ahí donde llega todo
y donde todo comienza
canto que ha sido valiente
siempre será canción nueva.


----

lo son
----

22.11.09

FIN, 2, 3
LA

Soy quien cubrió tu dolor
hasta fin de siglo.
Dos y no tres
antes vos, antes yo... herido.

Sé que volví y sufrí
por aquel desvío.

Vos, yo, fin, dos, tres.

Rol que jugué
sin saber, sin pensar
lo mismo.
Fui rehén del captor
y crecí en cinco minutos.

Hoy salto al vacío,
sé muy bien donde voy.
No pendo de un hilo,
sé muy bien donde estoy.

Fe en saber contemplar
el camino oscuro.
Fe de entender
que me fui y dejé tu mundo.

Hoy salto al vacío...


--
mi cuerpo y el aire
son la misma cosa,
creo.
----

11.11.09

MORIR EN SOLEDAD
MS

Señor, yo sé que Tú estás en la fe luminosa de una noche de estrellas,
de un día radiante de azul y de sol.

Yo sé que Tú estás, en la espera gozosa de un niño que viene,

de una carta que llega, de un amigo que vuelve.

Tú estás, yo sé que Tú estás en el amor inmenso de unas manos que abrazan

y en el puro cariño del beso que me dan.

Mas también sé que estás en la fe desprovista y desnuda
cuando un día y otro día le cuenta su rutina de trabajo y pobreza

y mi alma se hunde en la tiniebla total.

Yo sé que Tú estás cuando la esperanza es cuesta empinada,
la cumbre es incierta y las fuerzas muy pocas.

Tú estás.

Yo sé que Tú estás cuando amar es un surco humilde y oscuro,
que reclama al grano para ser fecundo y morir en soledad.

Yo sé que Tú estás, Señor que te creo,
Señor que te espero, Señor que me amas,
Yo sé que Tú estás.


...

20.10.09

LOA DEL CUERPO SANO
LF

Las bestias y las plantas te den el buen consejo:

contémplate en tu cuerpo tal como en un espejo.
Para tu gloria de hombre prolongada en la casta,
desnúdese tu cuerpo en la gimnasia casta,
como una estatua. Puro y audaz tu cuerpo entrega

a la gracia del aire y el sol. La diosa griega
te unja en su óleo. El juego armonioso y diverso
de tus músculos plázcate como el más bello verso.
No así como el asceta ni c
omo la ramera,
sé dueño de tu cuerpo, que ésta es la ley primera.

Un cuerpo hermoso, fuerte, sano, qué noble palma.
Pero sirve a tu cuerpo para servir a tu alma.
¡Y no des uno al diablo ni la otra des a Dios

y ojalá te tuvieran sin cuidado estos dos!

Cuerpo, loado seas en tu carne y tu hueso,
tus nervios y tu sangre, tu semen y tu seso.




--
sesiguenimprimiendo.
--

19.10.09

Nuestra rosa rosa de América
RGT

Una vez me escribió Milan Jeranci,
un poeta soldado de las Brigadas Internacionales.
Y mientras él tuteaba al peligro en el Frente,
yo en Madrid con mis versos soñando y esperando,
-¿Qué hacéis vosotros por nosotros?”, me decía.
Yo me ruboricé. No supe contestarle.
Yo cantaba los hechos pero él los vivía
y aunque yo también los vivía a mi manera
y mi verso incitaba y excitaba cantando
y a su modo también hacía la guerra,
me persiguió su voz como un pájaro triste
de trino desvelado.
Y aún hoy, como si fuera el reproche de un tiempo
que engendró tanta ausencia y destrucción y exilios,
voces flotantes entre lámparas ebrias
que agonizan en medio de los grandes naufragios,
rostros donde el olvido, puso pálidas máscaras,
amargos, largos rostros,
¿Qué hacéis vosotros -vuelvo a oír- por nosotros?
Nunca supe qué fue de aquel muchacho eslavo
que en su pobre macuto llevaba un libro (Heine)
una medalla, un rizo y un retrato.
¿Dónde estará Milan Jeranci ahora?
¿Desde qué espejo o caído en qué foso,
desde qué luna me estará mirando?
¿O dormido en qué sueño, en qué amapola
recuesta su nostalgia? ¿Con qué novia
comparte su secreto de raíces?
¿En qué nube se esfuma divagando?
(¿En dónde se deshace Lina Odena
y aún sangra Federico en el costado?)
Pude escribirle, he visto
en Cerbere los trenes
cargados con la ayuda de Francia popular
y algunos pueblos de sonoros nombres latinoamericanos,
grises vagones en las vías muertas
donde crecen las hierbas inútiles y el tedio,
cubiertos con las lonas llovidas, ya violáceas
de la larga intemperie, mientras por el Ferrol,
donde la gata de Domingo Ferreiro se había ahogado
en la marea de sangre de los fusilamientos,
introducían los nazis sus bárbaros, sus dientes y sus armas,
los tanques que escoltaron los nombres del petit Daladier,
Blum, Chamberlain, Laval, Churchill, Reynaud,
las bombas que venían a matar
a los niños y las flores de España.
Pude escribirle, caro Milan Jeranci, amigo,
los cachorros lejanos no abandonan España.
Allí hay gentes que juntas las monedas hurtadas
al precario puchero cotidiano,
ropas que cosen los ojos del desvelo
y lágrimas y canto
y con su corazón van hacia España en guerra,
pero si allá no arriba su cálido mensaje de vigilia y amor,
no son los pueblos, son sus gobiernos,
sus funcionarios y sus leyes atroces,
los que traban la solidaridad con los que luchan
contra las avanzadas del odio y el horror;
los que impiden que los pueblos de América Latina
unidos por la historia de la sangre,
que hablan otra forma de español,
-el gran idioma madre que reveló Cervantes y que adornó Darío estén
en cuerpo y alma con el león herido.
Y si algo llega en los camiones furtivos, trajinados,
hombres de rostros secos y de conciencia negra los detienen
al filo de las trágicas fronteras,
si no pueden filtrarse jadeantes, fugitivos,
hacia Por Bou, el lado español, de la estrella.
Y cuando nuevamente preguntaron
desde el fondo de medio mundo en guerra:
-¿Qué hacéis vosotros por nosotros?-
Yo pude responder de la misma manera
pero sin evitar que otra vez el rubor golpeara mi frente,
traicionara mis ojos.
Y cuando me pregunten:
-¿Qué hacéis, qué hacéis
vosotros por la paz?
Yo diré poca cosa; todavía la traba,
la indiferencia de unos, la indecisión de otros,
muros de incomprensión, sucias calumnias de prensa envenenada,
pero también la reunión clandestina y el súbito congreso callejero,
esa dura faena en la vanguardia,
y esa fe que nos dice que algo, en el mundo, marcha.
Y cuando me demanden:
-¿Qué habéis hecho, qué hacéis
contra el imperialismo?
Yo podría contestarles, por encima del caos,
en medio de la intriga y la confusión,
tormentas de papel, malecones de bruma,
el antimperialismo verbal, la demagogia,
gobernantes atados a compromisos sórdidos
que temen las probables multitudes en armas,
y como ayer y como las primeras
gestas americanas contra el dólar,
los pueblos de la América Latina sojuzgados
pero en cuyas entrañas palpita la segura aventura futura,
que no capta la Kodak de turistas fugaces
ni la tarjeta postal que el Municipio pinta con tintas
inefables,
amontonados, plenos de violencia y dulzura,
los pueblos, esos pueblos que como el argentino,
cuando se habló de enviar carne de cañón a Corea,
salieron a la calle a decir: ¡No!
(una marcha fue épica en Santa Fe, en Rosario)
y en Buenos Aires,
altivas voces de mujeres se oyeron
reclamando a sus hijos a la puerta
de los cuarteles suburbanos);
los pueblos, esos pueblos cuyos ojos reflejan
el ímpetu del puma y la paciencia alerta del caballo,
y en cuya mayoría se prohibe la actividad consciente del espíritu,
y la palabra paz asusta a las hinchadas burguesía,
los pueblos, esos pueblos cuyas razas diversas sueñan un mismo sueño,
hondo como sus ríos, amplio como sus cielos de
azul atropellado,
dicen como el mensaje de San Martín y O´Higgins
¡Unidos venceremos!
———000———
(Soldado colombiano en Corea:
los asesinos de Gaitán te enviaron.
¡Toma tu granada y arrójala
contra la cara del verdugo!
¡Toma tu fusil y vuélvelo
contra los jefes que te ordenan!)
Ah, sí, Milan Jeranci con tus extraños versos y tu melancolía,
yo pude haberte hablado de las jóvenes Ligas contra el imperialismo,
de las huelgas de sangre y unidad combativas,
de explosiones aisladas, sofocadas
por los traidores nacionales y el zarpazo foráneo;
contrarrevoluciones que ordenaron de afuera los banqueros.
Después cayó Sandino fulminado por los jerarcas norteamericanos;
como siempre, de noche y por la espalda.
Era desesperante, mas no desesperamos.
Luego el turno de España. Y la última vez yo vi cuando se iban,
cuando se fue contigo también Miguel Hernández.
Era una tarde gris de otoño con violetas.
(Los franquistas lo mataron lentamente después,
arrastrándolo, enfermo, de prisión en prisión, de hambre en hambre).
Agitando la boina me despidió Miguel,
y tu me saludaste levantando la cuchara de palo
desde el tren con perfumes de pólvoras ansiosas.
Fue Teruel. Fue Belchite. No hago más que acordarme.
Quise desesperarme, morirme de vergüenza hasta morirme,
por el triste papel de nuestra América.
Mas no desesperé.
La que cantamos joven,
la que soñamos ángel del idioma y la raza,
la que creíamos luz dirigida por sombras inválidas, vacías,
prendidas a los cuernos y mandíbulas
feroces de los Carlos y Fernandos,
pidiendo un poco más de látigo y metrópoli
olvidada la madre de heridas y latidos universales, sola,
(los pueblos no olvidaban)
mientras las hogueras consumían los libros vehementes
de aquel romanticismo que fundó nuestras patrias
y los otros, preclaros, de la herencia cultural progresista,
y aunque las llamaradas esclarecían más la conciencia del hombre,
era para morirse; ya no teníamos nada,
se secarán los ríos, nos decíamos,
caerán de rodillas las montañas
y el salitre y el cuero
y la lana y el trigo.
¡Qué contentos estaban los gerentes de la United Fruit
(una copa en honor de Guatemala,
Guatemala en tu honor una copa de honor)
la Standard, la Forestal, la Royal, la West India, la Patiño Mines!
(Atención bolivianos, mártires de Cataví, ciudad, velad la pólvora
y no soltéis las armas. Una copa de honor por los mineros
que honran la tradición de sus heroicos maestros asturianos).
Sí, yo oigo aquel grito, pertinaz y distante.
Yo sabía que no eran los humildes, los pobres, los obreros,
sus vanguardias vitales, creadoras y lúcidas.
Yo sabía que eran los gobiernos
(con excepción de un México donde aún resplandecía
el nombre de Zapata, aire de tierra y piedra y dulce patria)
las sociedades pistoleras de la alta finanza,
el pequeño cadáver parlante del escritor podrido
o la garganta a sueldo del chantre armamentista;
el periodista truhán, los fulleros del alma,
la caverna política, militar, eclesiástica.
Y un niño pudo preguntarme en Madrid:
-¿Qué habéis hecho vosotros por Oviedo,
por Badajoz, por Vigo, por Bilbao, por Málaga
y por mi y el barquito de papel destrozado
por el obús nocturno del crimen permitido?
Y yo volví a decir, triste papel,
espionaje de cónsules ladinos,
condecorado abdomen de embajador impúdico.
Mi valor consistía en regresar adonde estaban
o a la cárcel, o el hambre o el olvido,
los premios del gobierno al escritor
en el país de Justo o de Castillo,
para decir la verdad que me quemaba:
He visto a vuestros diplomáticos,
y a las cursis mujeres de vuestros diplomáticos,
las de sus casas con supuestos Grecos y pálidas sirvientas,
desembarcando espías en los barcos de guerra,
o embarcando fugitivos de la justicia popular
y obras de arte del tesoro del pueblo;
especulando con la pobre peseta,
la inocencia de la leche,
la santidad del pan,
la gracia del aceite
y el diamante del carbón;
salvando criminales, ofreciendo
festivales macabros al pie de la emisora subterránea
por donde alguna vez dieron los nazis, los fascistas, los moros asesinos,
oh Madrid, oh Almería
la orden por masacrar por aire y mar y tierra
a mujeres y niños y hombres casi divinos.
Yo sabía de agentes de Hitler delirante y su socio inglorioso,
con sus botas de Gros chorreando cadáveres de obreros y poetas,
con sus vientres de Gros inflados por la sangre,
repartiendo consignas y pagando banquetes
(¿veis a Sánchez Sorondo y compañía sentados con Von Therman?)
Yo sabía de mujeres depravadas
y marquesas mal habladas y teñidas
que a la sombra de nuestras Embajadas
deslizaban su informe de papel perfumado
que iba a costar la vida de tanta hermosa gente.
Recuerdo y digo hasta morirme,
recuerdo y digo, era una peste.
Pero no eran mis pueblos de la pequeña ayuda y del gran corazón,
que aman sus canciones antiguas, sus banderas,
y no el trapo manchado de petróleo,
de hulla, de café, de frigorífico,
que evoca a hombres sepultos en las minas,
o que rodaron de los blancos andinos
o devorados por las poleas locas
o triturados por los dientes de hierro
o hervidos en las lavas de los enormes hornos.
(¿Recordáis el Extraño Entierro Americano
de nuestro Mike Gold? ¿Recordáis los tambores
de aquel extraño entierro americano?
Y luego Munich, la pandilla de Cliveden,
el apogeo monstruoso del nazismo,
nuestros países, pasto de turbios negociados,
y el dique universal a la avalancha parda
y aquel qué hacéis vosotros siempre tan penetrante
y el fin de la ignominia de cruz gamada y de lictor
y aun ahora los imperialismos mordiendo el Continente
y a su cabeza el yanqui biznieto del pirata
-no la tierra de Lincoln, de Whitman y de Lansgtonel
cuervo del Private tenebroso y el klan armamentista,
aunque más asesino, más ladrón, linchador y más cobarde.
Triste, triste papel, pero algo está en marcha.
Escuchad, escuchar, escuchad, compañeros.
———000———
Brindis final y Esperanza
Brindo por las alianzas fraternales
de pueblos, Continentes y destinos.
Brindo por una América capaz
de abatir a las bandas imperiales
y de unirse en la cruz de los caminos
que da a las avenidas de la Paz.
Digo América y digo árbol y río.
Dice uno viajar y otro afincarse.
Deseo de partir y de quedarse
en su armonía, y es el canto mío.
América es amor desparramado,
nosotros la soñamos toda junta.
América es un niño que pregunta
por la paloma que se le ha extraviado.
Pero tras de la noche el día avanza.
Cuando a la antigua luna ladre el gozque,
despertará la Durmiente del Bosque,
nuestra novia perdida, la Esperanza.

(Buenos Aires, junio de 1953)

11.10.09

DEJAME ENTRAR LyM: Pedro Aznar

Nadie los muertos de Irak en su pantalla
¿Cuántos serán?
Fuego artificial
¿o son bombas que estallan?

Se ven igual.


Soplos de radioactividad nada visibles
¿Dónde estarán?
Venemos al mar, que las aguas nos libren
¿Cuánto durarán?


Déjame entrar al dolor de tu cuerpo
Quiero morir mendigando tu pan

Déjame estar condenado en tus huesos

¡Nadie me hable! ¡Ya déjame entrar!


Hablan de una guerra civil. Nadie ve sangre

¿Existirá?
Cien o cien mil consumidos de hambre
¡Qué lejos están!


Campo de concentración filmado en colores
¿Cuándo ocurrió?

Vea la acción sin sentir los dolores
¡Pura abstracción!

Déjame entrar al dolor de tu cuerpo
Quiero morir mendigando tu pan

Déjame estar condenado en tus huesos
¡Nadie me hable! ¡Ya déjame entrar!
¡Nadie me explique! ¡Ya déjame entrar!



casi como si abrieramos el pecho
de alguien
y nos catapultáramos a su alma

,casi

porque es físicamente imposible
o
no.

23.9.09

REQUIEM PARA UN MUCHACHO AHOGADO
RGT

Cantero: tu apellido sugiere canto y rosas*
-la flor de tu sonrisa-
Este poema canta tu adolescencia muerta;
las rosas crecerán de tu noble ceniza.

Tenía un rostro oscuro de madera tallada
y un alma cuya luz desbordaba ternura
y un sentido fraterno de la amistad; tenía
una tímida voz, maneras suaves, y su andar era lento
como el de los que quieren pasar sin hacer ruido.
Sin embargo, ¡qué fuerza interior ocultaba
este chico grandote que aún en la edad del juego
trabajaba, luchaba, sudaba, caminaba y caminaba!
Y tuvo tiempo para repartir
la bondad que sus ojos con sueño reflejaban.

Con fervor desvelado sobrellevó la escuela,
el flaco pan, la casa inverosímil, los afanes amargos
y el violento verano y los inviernos duros.
Una niñez madura sin calor de destino
que el amor de la madre iluminó y sostuvo.

Y este muchacho pobre murió como el más rico
y este muchacho tímido murió como el más fuerte.
El más rico de honor y de sangre valiente
y el más fuerte de puro coraje proletario.
La primer sorprendida, sin duda, fue la muerte.

Yo levanto tu nombre y lo agito
en la faz de la gente cruel o indiferente
como una bandera de trapo comunero.
Y delante del Tiempo, testigo insobornable,
pongo tu nombre al río donde se hundió tu frente:
El río de Cantero.



*Carlos Alberto Cantero, 16 años. Vivía en una villa de emergencia. Por salvar a un amigo, menor que él, murió ahogado, cuando bien podría haber huido a la trampa del río. "Era uno de la villa"... fue el comentario de ciertos burgueses pacatos, pero nadie fue más llorado. Sintieron su muerte quienes fueron sus compañeros en la escuela de la calle Nicaragua -la mayoría no habitantes de la villa- y los niños y muchachos de los alrededores, que le conocieron.

17.9.09




quisiera dejar de preguntar
axceptar el hecho

el saberse en el hacerse,

en el construirse

eso es lo único

eso y la coherencia

saber que todo
todo

es la música

el sonido de lo absoluto.

porque lo primero que se crea el es corazón,

y eso tiene ritmo

ritmo

supremo latir del universo repetido desde toda la eternidad

desde que somos tres capitas

todo el universo late en nosotros

al igual que en todos y en todo

las piedras laten

de qué forma rodarían sino?

los adoquines laten con los caballos
con botas

con alas
son alas
con botas
son caballos con adoquines

y con ríos.
delteando /te/
vení al río
y
quereme
el río es el absoluto

repite el eterno latir de lo profundo

donde se late

inclusive cuando no late
algo late.



--- olaiuanaduisiu ---

14.9.09

LEGIÓN
HVT

"Mi nombre es Legión,
porque somos muchos."
Marcos 5, 9-10

No son pocas tus fuerzas.
Y ni mi inteligencia, ni la salud de mi corazón,
ni mi imaginación, ni mi profecía,
ni el vigor de mi abrazo
pueden contigo.

Antes, cuando era tu árbol joven en el mar,
nada sabía de ti,
ni esperaba encontrarte entre los médanos
ni puesto de pie en la sombra de mi cuerpo.

Es ahora, en mi mocedad,
después de haber sentido correr el látigo
por mi espalda,
y después, sobre todo, de conocer el amor del Altísimo,
que empiezo a conocerte a ti también.

Es ahora que te veo cruzado en mi camino.
Veo tu alto caballo oscuro,
veo tu lanza de ébano dirigida a mi pecho.

No son pocas tus fuerzas, no.
Tu mirada es como la del águila.
Tú ves y siempre tienes ante ti
los abismos arcanos de los mares.
Conoces el lugar donde la nieve fresca
oculta la hendidura de la piedra.
Los corderos temen tu sombra
cuando tus alas caen por las tardes
sobre la montaña.

El árbol joven en el mar
ni te conoce ni te teme. No es llegada su hora.
El mediodía lo escuda de ti mientras corre por la arena
cuando lucha con el viento, sereno como el arco.

Ahora, en la mocedad, es que voy conociéndote sin apremio,
ahora, después que el látigo ha dejado su niebla sobre mis
hombros
y un ligero cansancio cuelga su trofeo de mi cuello,
ahora, sobre todo, después de haber hallado
al Pastor
y de haber puesto mis manos sobre la fe
y de haberme apoyado con todo el peso de mi cuerpo
sobre su enterrada espalda.

Ahora es que conozco tus fuerzas y sé que no son pocas.
Es ahora que veo, ahora recién, la extensión de tu salto
y la velocidad de tu carrera,
y observo tu mentira y tu castigo
en tu fecho que finge respirar adolorido.

Mi mocedad camina y tiene un guía.
También su vista es como de águila.
También los abismos del mar
permanecen abiertos a sus ojos
en la tormenta como en la bonanza.
Pero su pecho no finge respirar, ni su corazón finge sangrar,
ni empuña lanza de ébano, ni sus manos están condenadas
a no poder unirse en toda la eternidad.
Él no cruza en mi camino oscuro caballo,
ni oculta la fuerza de sus hombros como tpu,
que llevas las cenizas del cóndor en la espalda.
Su mano no conoce el peso del venablo
pero sus hombros ha cargado
la nieve de la mañana,
la ha levantado de entre las zarzas.

Él es mi Pastor por un camino estrecho.
Él no cruza oscuro caballo en mi camino.
Él no esperaba mi mocedad alzado en los estribos.
No son pocas tus fuerzas, no. Ahora lo sé.
Y ni mi inteligencia, ni la salud de mi corazón,
ni mi imaginación, ni mi profecía,
ni el vigor de mi abrazo
pueden contigo.
El hombre solo no puede contigo.

Cuando era árbol joven no te veía. Ahora te veo.
Ahora te odio. Y te odiaré más todavía.
Porque tu pecho finge respirar y tus piernas fingen temblar
después de la carrera.
Porque odias la nieve fresca sobre sus hombros
y la sangre de su corazón.
Porque odias al Dios que me ha creado.
Porque odias al Hombre Dios que me ha salvado.
Porque odias, sobre todos los odios, al Hombre Dios.







--


el blancor del día.
---

29.8.09

"EL PRIMER PARAÍSO, ODETTA..."


El Primer Paraíso, Odetta, era el del padre.

Había una alianza de los entidos en el hijo

-varón o mujer-

debido a la adorción de algo único.

Y el mundo, en torno, 

sólo tenía un diseño, el del desierto.


En aquella luz oscura y sin fin,

en el círculo del desierto semejante a un poderoso regazo,

el niño gozaba del Paraíso.

Recuérdalo; había sólo un Padre (no había madre).

Su protección

tenía una sonrisa adulta, pero joven

y levemente irónica, como siempre tiene quien protege

al débil, al tierno -varón o mujercita.


Has estado en este Primer Paraíso

hasta hoy: y como eres mujer

nunca perderías su recuerdo ni dejarás de venerarlo.

Serás adorada, por naturaleza... Pero antes

de volver a ti, para advertirte contra los peligros

de la religión, quiero contarte la historia

de tu hermano, que tiene el mismo sexo que Dios.

También él, en tiempos en que era verdaderamente niño

(más niño aún que cuando estaba en el vientre materno

o cuando sorbió la primera leche del pecho),

vivió en ese Primer Paraíso del Padre.


El odio surgió de improviso, sin razón.

El regazo que era como un sol cubierto de nubes

dulces y fuertes, el regazo de aquel Hombre

inmenso y único en el desierto,

se convirtió en un oscuro fondo de pantalones, 

se envileció, perdió la inocencia

en el recelo de no ser más que humano.

Había llegado el día

en que el puro horizonte del desierto

se pierde en un silencio y en un color menos perfecto,

y se empiezan a ver las primeras palmeras

y el primer camino aparece, mudo, entre las dunas.


Así el niño atravesó el desierto del Primer Paraíso:

que permaneció atrás, en el tiempo soñado

de una verde región surcada por filas transparentes

de álamos, o en una gran ciudad provinciana.

El niño cayó de cabeza sobre la tierra,

perdió el nombre de Lucifer y adquirió, al mismo tiempo,

el de Abel y el de Caín (esto, al menos, es válido

para algunas tierras rosadas, mediterráneas, y para éstas, verdes,

donde las monjas lo enseñan a una Odetta laica).


Estas tierras, fueron del Segundo Paraíso.

Hubo alli una madre (llamémosla adoptiva) que, en tu caso,

tuvo ticas pieles que olían a precoces primavera.

Qué terrestre, qué dulcemente terrestre,

fue su dulzura de niña pequeño-burguesa

que no desea para sí todas las queridas cosas aprendidas,

sino para ese hijito suyo que pasea,

también él perlado por la frescura de las prímulas...


Corría un río (en tu caso, el Po) en ese Paraiso:

porque la casa donde los padres "adoptivos" viven 

después del matrimonio siempre está en las cercanías de un río.

Y si no de un río, del mar o de una cadena de colinas.

Los frutos crecían por sí solos, con nombres maravillosos:

manzanas, uvas, moras, ciruelas; y las flores, las inútiles flores,

no contaban menos que los frutos; también sus nombres

eran seductores: prímulas, o girasoles, 

o lirios, o mugetes y hasta orquídeas, en las fiestas.

El sol, allá arriba, era por cierto un amigo,

dulcificado por la inocente idea que la madre

comunicaba a su hijo pequeño que llevaba de la mano;

y así como nacía a la mañana, moría al atardecer,

cediendo el puesto a esas estrellas que el hijo, obediente,

apenas debía ver para abandonarlas enseguida a su silencio.


¡Pero esa madre no era inocente, como él creía!

Así, el mismo odio irracional -que había nacido por sí solo,

como un fruto o una flor, en el Primer Paraíso-

nació también en el Segundo. Nuestra existencia

no es más que un insensato identificarse con la de los seres vivos

que algo inmensamente nuestro nos acerca.


Humo, pues, la madre pecadora ante el fruto

cuyo misterio resucitaba los días del Primer Padre,

¡tan anteriores a aaquellos del verde Paraíso lombardo!


Resplandeció nuevamente el sol del desierto

sobre aquella pequeña manzana, deseo de modestas existencias.

El habitual sol de cada día permanecía aparte,

aislado como en un imprevisto invierno; mientras que el otro,

estupendo, ardía: medida con la cual calcular siglos y miserias.

La madre, pues, que no era sino su propio niño,

mordió con maternal inocencia, con filial inconsciencia,

aquel fruto estival. Enseguida el segundo padre, el adoptivo

-que, ante el primero, era como el exanime

sol invernal comparado con el de los Primeros Veranos-

siguió su ejemplo, débil hombre de la tierra,

fácilmente tentado y fácilmente corrompido.


Pero también con él nos habiamos identificado:

porque como nosotros mismos no podíamos existir:

podíamos existir sólo si éramos el padre, la madre.

Pecamos con sus mismas bocas, con sus mismas manos.

Y el Primer Padre nos expulsó también del Segundo Paraíso.

¡Dos son, pues, los Paraisos que hemos perdido!

Tomados de la mano de los padres nos encaminamos por las calles del mundo.

Lucifer se distinguió de Abel y siguió su destino:

acabó en la oscuridad más negra. Abel murió,

matándose con el nombre de Caín.

En suma, no quedó más que un hijo, un solo hijo.


Después de muchos milenios hubo la primera simiente,

y otro milenio después de este acontecimiento

fue designado un Rey patrno de los hombres multiplicados.

¡Ah, cuántas ánforas coloreadas! Debimos ganarnos el pan

y esto empezó a apoderarse de nosotros, y a perdernos

en una falsa idea de nosotros mismos, en el infierno actual.

Por ese camino, pues se encamina tu hermano Pedro.


Mas ¿por qué, al exponerte esta Teoría de los Dos Paraísos,

he hablado de tu hermano Pedro, y no de ti?

Es sencillo: poruqe si no existiera su historia de hijo varón,

tu propia historia no podría compararse con nada

y ni siquiera podríamos empezar a hablar de ella.

No hubo una Lucifera, ni una Abela, ni una Caína:

tú debiste permanecer, pues, en el Primer Paraíso.

O al menos, ése es el que debieras recordar, con el verdadero Padre:

y así es, en efecto. Por eso eres infinitamente más vieja

que tu padre adoptivo, del cual estás enamorada,

que tu madre adoptiva, llamada Lucía,

que tu hermano Pedro, ejemplo de la existencia toda.


Tú, pobre niña, te has identificado con cada uno de ellos:

y no sabes que existes desde antes que ellos nacieran,

única adorada obediente al Primer Padre.

¿Qué debería valer más: tu identificación o tu ser?

Tú no sabes elegir, tierna Odetta, porque estás ciega:

así has elegido, así has vivido. Y te debates

inútilmente, perdida entre un recuerdo demasiado hermoso

y una realidad que te lleva del sueño a la locura.



Pier Paolo Pasolini

Teorema.



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Nuestra existencia

no es más que un insensato identificarse con la de los seres vivos

que algo inmensamente nuestro nos acerca.

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23.8.09

DEL MUCHACHO BORRACHO

Por la calle del puerto
da un paso, un par de pasos.
Pero no huele a puerto; huele a potros y pastos.

Va con la borrachera
surgiendo de sus tacos,
y le crecen dos botas
como en mitad del campo.

Aunque ahora no lo monta
se duerme en su cabalo.
cierra sobre las crines
sus ojos de muchacho.

Cerca del marinero,
cuando el sol le da el alto,
dos alas le descubre
al caballo en sus flancos.

Y por el cielo azul,
volando y galopando,
se va mientras vomita
la ciudad hasta el campo.


ELEGIA ARGENTINA
Para mi madre

Los caballos se bañan en el río
y yo me baño en el río con los caballos.
sus crines y sus colas
son de agua sobre el agua,
como fuentes que fluyen
desde la arena al aire.
y yo me baño en el río
pero bebo las crines
y las colas de los caballos.


El agua rueda desde Dios
y se desliza por sus ancas
y se bifurca en mis caderas.
Más que el río y la lluvia,
sus crines me humedecen
el pelo.
Es una tarde de verano,
de un día que no existe,
y en un país que no se tiende,
ya,
a la sombra de sus caballadas.

Esta tarde, Dios habla
en los saltos del río
para nombrarme caballos
que todavía yo recuerdo.
Caballos que la lluvia volvió de lluvia
y que se fueron tormentosos,
hasta que el sol los evaporó.
Y recuerdo el caballo
que murió con un ojo estallado por su dueño,
cuando mi madre era muchacha
y los carreros la saludaban
con el mismo silencio
que las dos torres de nuestra casa.

Y recuerdo otros caballos
que galopé en el sur
y que montaba en pelo
por una laguna de sal,
contra el viento que olía a mar, hasta que la lluvia
lolavaba en la arena.
Y recuerdo caballos que fueron de mi tatarabuelo
y que eran iguales a los míos,
iguales a todas las caballerías
tormentosas por estas tierras.

Son los mismos caballos
que se bañan en el río
y que Dios llama por sus pelajes
con palabras que suenan
como los nombres de los ángeles.
Porque el pelaje de los caballos
tienen nombres angelicales
y la palabra azulejo
traspasa todos los cielos.

Dios les habla y me habla
con las mismas palabras
cuando el ruido del agua
es el silencio de todos los campos.
Los nombra y me nombra
en un país que no se tiende,
ya,
a la sombra de sus caballadas.
Y es una tarde de verano,
de un día que no existe
o que existió sólo en la pampa.
Pero montado en los caballos
siento mi cuerpo contra el río,
nado entre crines y galopo a Dios
y mis ojos se hunden
profundizados en su pecho.

Dios juega con los caballos
en sus manos,
palmotea y sonríe a los más humildes,
a los más castigados;
al que conoció mi madre cuando era muchacha,
muerto con un ojo menos
y que bajaba hasta el río sin descubrir la razón de sus heridas,
y a todos los que rodaron
cuando los hombres afirmaban
que el cielo era para los hombres,
que las tierras eran para los hombres
y que las tardes no eran como yeguas
tendidas entre ángeles.

Yo entonces no conocía
el cielo de los caballos,
pero rezaba por ellos todas las noches,
y era un niño que rezaba por los caballos de Dios,
y era un niño al que Dios
perdonaba sus insolencias
porque rezaba por los caballos
y lloraba poe ellos
y les prometía un dios omnipotente,
que los convertiría en ángeles
aunque los hombres se negaran.

Un Dios con el que soñaba mi madre
cuando era muchacha
y ya me descubría
descalzo por la arena.
Cuando los carreros eran silenciosos
como las torres de nuestra casa
y los jazmines eran argentinos
porque eran nuestros,
dando la vuelta al patio
hasta la noche,
en que la patria era en el cielo.


EL ÁRBOL

No hice un río en la tierra
ni he sudado
al sol lo necesario.
No he cavado, no he roturado, no he plantado
un sólo árbol.

No lo he visto crecer desde mi pala,
no lo he visto nacer como hembra joven
llenando de ojos verdes
y húmedos
todo el viento.

No lo puedo mirar
como costilla mía,
mi puño en el hondón
que me deja en el pecho.

No puedo pedir sombra para mí, todavía.


PRENDO LA RADIO DEL COCHE

Prendo la radio del coche,
cierro las puertas y ventanas
y me alejo.

Que los ruidos
se gasten solos
mientras camino entre los árboles.

A veces siento
que alguien nos encerró
con llave
en este mundo.
Lo mismo que hice yo,
pero a lo grande.



Héctor Viel Temperley.

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tarkovsky
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